Verdes mis algarrobos

¿Qué árbol se pinta como una acuarela en medio de los desiertos de Piura, Ica, Lambayeque? Solamente el precolombino “tacco”, rebautizado como algarrobo por los europeos debido a su semejanza con esa especie extranjera.

Los norteños lo llaman “el milagro de Dios”, porque crece casi silvestre en las zonas áridas del desierto costero.

Se le conoce científicamente con el nombre de Prosopis pallidas, cuyos beneficios fueron estudiados por especialistas de la Universidad de Piura.

Este generoso ejemplar botánico, aparte de servir como alimento al hombre, constituye también un excelente forraje, además de abono, madera, medicina y materia prima.

Dentro de un proceso de metamorfosis, sirve de control en las dunas, pues capta el nitrógeno, fijándolo en el suelo, y a través de la descomposición de sus hojas y ramas fabrica, por decirlo así, el humus, abono natural que nutre y fertiliza la tierra volviéndola apta para la agricultura.

Los frutos, denominados algarrobas, contienen un alto índice de azúcares, proteína, minerales, fibras y vitamina B, que sirven para preparar la algarrobina, utilizada como energético o mezclado con nuestro pisco de bandera y leche evaporada, dando como resultado uno de los exquisitos aperitivos peruanos.

De las semillas se hace una infusión similar al café, que por carecer de cafeína es recomendado por los dietistas; las hojas llamadas “puño” sirven de forraje, las flores son transformadas en miel, polen y jalea por las abejas.

De las semillas también se extrae alcohol, que se utiliza en la medicina natural, siendo estas altamente reproductivas, pues se requiere solamente un kilogramo para producir 25 mil árboles. Por estas mil cualidades, los norteños, tan expertos en poner nombres y apodos, lo llaman el “regalo de Dios”, un don que no todos han sabido valorar, ya que la extraordinaria especie, por el exceso de tala, se halla a punto de extinguirse, y los bosques de antaño nombrados por el cronista Cieza de León en su Crónica y buen gobierno son apenas dispersos árboles que lloran su desamparo en el desierto.

Ojalá que el programa de replantación de algarrobos planificado por el Ministerio de Agricultura dé los frutos deseados, si no queremos que el algarrobo se quede en los idolillos que los antiguos peruanos tallaron con su finísima madera.

María Luz Crevoisier – Periodista

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