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El Capulí es un árbol erguido, de hojas caducas,  de crecimiento rápido, alcanzando una altura de 3 m en 12 – 18 meses y eventualmente logran 10 m en su madurez. Se cree que sea oriundo de México pero que fue introducido por los españoles a los Andes. En los quinientos años que siguieron, la gente andina ha adoptado el Capulí como árbol del patio trasero.

La fruta del capulí crece en manojos casi como las uvas. La fruta es similar en aspecto a la de la cereza europea, con una piel morada oscura y una carne verde, jugosa pálida, con un sabor similar a las cerezas salvajes. Aunque la fruta se come fresca en los Andes, también se guisa, se preserva, y se hace en jaleas y en vino.

Un jarabe se hace de la fruta para aliviar los problemas respiratorios. Una cocción de la hoja se utiliza como febrífugo y para diarrea. Se aplica como crema para aliviar las inflamaciones,  infusiones de la hoja se utiliza como sedativo en cólicos y neuralgia, y como antiespasmódico. La corteza golpeada es empleada para el lavado de ojos.

No se sabe exactamente en que momento se introdujo hasta el Perú con sus dulces frutos, pero lo cierto es que el Capulí se convirtió en un emblema. Hace unos años se vendía por latas el fruto de este árbol y su precio era razonable, para los meses de diciembre enero y febrero, las calles se teñían de su fruto guinda, se vendía por latas o por montoncitos.

En otro momento también desconocido y oscuro, aunque se presume que fue por febrero por encontrarse en este mes cargado de sus exquisitos frutos, fue usado como unsha, esa costumbre primitiva y absurda de cortar un árbol de su lugar de origen, trasladarlo al centro de una calle para volver a sembrarlo, aunque esta vez solo sea ya un cadáver, vestirlo con serpentinas y globos, pañuelos y abanicos, baldes y objetos de plástico, coronando la ridícula hazaña con el símbolo patrio flameante para luego danzar en torno a él, evocando nuestros más primitivos orígenes. Como si fuera poco, danzando con un hacha o machete y volver a cercenarlo a pausas, ebrios por la chicha, el ron o la cerveza.

Gracias a esa costumbre salvaje y bárbara el Capulí se empezó a extinguir, se cortaron los árboles cercanos primero, los que existían en los patios o los traspatios después, finalmente los más lejanos fueron cortados y traídos de lugares más lejanos. La estupidez de los seres humanos hizo que el precio de un árbol oscile entre los veinte y cincuenta soles, sin importar su edad o su historia.

Vallejo en uno de sus inmortales poemas hablaba de Su andina y dulce Rita de junco y Capulí. Un vals de la Vieja Guardia llamado El Capulí versa: Dime mujer si tu amor / ha de ser el verdadero / para entregarte primero/ una flor del capulí… A mediados del mes de abril de 1824, Simón Bolivar llegó a Cajabamba y bailó con Chepita Ramírez, antes de iniciar la danza se despojó de la mítica espada venezolana y la colgó en un Capulí, hoy ya añejo que es considerado como un símbolo histórico del paso del libertador por Cajabamba.

La Municipalidad Provincial de Cajamarca multará con el 50% de una Unidad Impositiva Tributaria (UIT) a quienes sean sorprendidos usando árboles de Capulí para usarlos en unshas, medida que debería ser imitada por otras municipalidades de la región y no solo con los árboles de Capulí, hoy que el planeta agoniza, talar un árbol es un lujo que no podemos darnos, menos aún para un baile salvaje, en donde se rinde tributo a la carne y a Baco.

La agonía del Capulí empezó hace décadas, de nosotros depende revertir este problema, en nuestras manos está la solución, para que un día nuestros hijos y nietos, tal como lo hicimos nosotros, saboreen ese fruto dulce que ahora llora.

Publicado el 3 - mar - 2010

Categoria: Balcón Interior