Se fue uno de los más grandes poetas Cajamarquinos de todos los tiempos
“Marco Antonio debajo de un árbol”
Eduardo González Viaña.
El primer poeta que conocí no parecía un poeta sino un torero. Mientras lo anunciaban para hacer una lectura, buscaba
entre el público a una chica guapa, le sonreía, le dedicaba uno de sus poemas como quien le tira la capa, y cualquiera podía pensar que iba a irse volando con ella. Con la capa.
Tenía Marco Antonio Corcuera 40 años, un terno plomo, una camisa blanca, creo que también un clavel en la solapa y una corbata negra, pero era tal su flacura que tan sólo se le recordaba la corbata negra. El saco plomo le flotaba en el aire.
Creo que hasta los zapatos –marrones, evangelistas- se quedaban sin él. Se me ocurre ahora pensar que ayunaba para semejarse a Vallejo y que cultivaba esa magrura para que de él solamente quedaran en la audiencia el recuerdo un tic nervioso y una voz nasal que iba repitiendo que “Debajo del árbol/ otea la rama./ Corazón tendido / como una baraja.”
Tenía éxito. Su poesía lo rodeaba de un halo que lo hacía parecer diferente e inquietante. Estoy hablando de la primera vez que lo vi como un poeta, y lo recuerdo flotando a las siete de la noche en torno de la plaza de armas de Cajamarca y rodeado por un grupo de muchachas muy guapas.
No sé si yo tenía 8 o 10 años, pero estaba viajando con mi padre a un fundo agrícola que él poseía en los andes peruanos y nos habíamos detenido antes en la ciudad del Cumbe para escuchar el recital poético de Marco Antonio. El poeta viajaba con nosotros porque, además de primo de mi padre, era uno de los abogados de su estudio.
-Papá, ¿por qué camina mi tío rodeado por todas esas chicas?- pregunté con un poco de envidia.
-Por una buena razón, hijo. Es un poeta- fue su respuesta y también una buena razón para que toda la vida y sin ningún éxito me decidiera a emularlo.
Poesía es lo que más ha hecho Marco Antonio. Además de la suya, se ha pasado cincuenta años editando “Cuadernos trimestrales de poesía”, una revista que ha dado la vuelta al mundo y que ha contado entre sus colaboradores, además de los más importantes poetas peruanos, a líridas como Octavio Paz y Pablo Neruda. Puede decirse, además, que en los tiempos de la censura y el silencio forzado de la España de Franco, la editorial Losada, en Buenos Aires, Argentina, y los “Cuadernos Trimestrales” en Trujillo, Perú, fueron los portavoces de las nuevas y mayores creaciones poéticas en el idioma castellano.
Junto con ello, Corcuera estableció en 1960 un premio quinquenal llamado “El Poeta Joven del Perú” destinado a descubrir y consagrar a los creadores que todavía no hubieran llegado a los 30 años. Entre los nombres que ese concurso ha dado a conocer se hallan los de Javier Heraud, César Calvo, José Watanabe, Antonio Cillóniz, Beethoven Medina., Luis Eduardo García y Manuel Ibáñez Rossaza, entre otros.
Una docena de títulos hacen su propia bibliografía, y entre ellos sobresalen “Semilla en el paisaje”, “Sendero junto al trino” y “La luz incorporada”. Hasta hoy nos hemos quedado esperando unas voluminosas obras completas que iban a ser la vibrante celebración de sus ochenta. Se las vimos y leímos en prueba de imprenta, pero el rigor autocrítico del poeta ha detenido su lanzamiento.
“Debajo del árbol/ la sombra se duerme./ Corazón tendido/ sobre la corriente” Generosos amigos comunes como los doctores Víctor Julio Ortecho y Hillmer Zegarra me acaban de llamar por teléfono desde el Perú para informarme que el poeta ha sufrido un infarto cerebral–ahora tiene 82 años- y está recluido en una clínica en un proceso que todavía no tiene pronóstico.
Por eso estoy recordando uno de sus poemas y le acabo de escribir una carta pidiéndole que no se duerma y que navegue contra la corriente. Le he solicitado que se levante y que no olvide que en las próximas semanas ambos estaremos de cumpleaños. Le he hecho saber que llegaré en diciembre para presentar un nuevo libro que me está publicando la editorial “Alfaguara” y que deseo que me acompañe en ese acto.
Le he rogado que recuerde tiempos que parecen estar ahora disolviéndose, que se acuerde de él mismo ofreciendo un poema como quien ofrece un toro en la plaza de Cajamarca. Que haga memoria de aquellos sonetos que en tardes amarillas leíamos juntos mientras el sol se iba desmenuzando en el mar de Huanchaco. Y una vez más le insisto en que no puede quedarse dormido hasta que no repita por lo menos una vez más ese soneto a la Virgen María escrito por Francisco Luis Bernárdez.
Recuerdo que comenzaba:
“Vino a la vida para que la muerte
dejara de vivir en nuestra vida…”
¿Cómo sigue, Marco Antonio? ¿Cómo sigue?…pregunto, insisto, porfío. Y continuaré reclamándole, instándolo y volviendo a la misma canción hasta que el poeta despierte. Aquí, en el norte del mundo, desde donde le escribo, ha llegado el otoño y también se está yendo. Con él, los árboles se convierten en hojas, las hojas cambian de colores y se transforman en pájaros, y todo se va volando hacia el sur, hacia donde también se van mi corazón y mi recuerdo.
Seguro que todavía no me escucha, seguro que sigue debajo del árbol Marco Antonio, y duerme y, como en sus propias palabras:
“Debajo del árbol/ otea la rama./ Corazón tendido/como una baraja…
Debajo del árbol/ la sombra se duerme/ Corazón tendido/ sobre la corriente…
Debajo del árbol/ sombra, yerba y agua/ Corazón tendido/ como una baraja…”
EPILOGO. Esta mañana, el periódico dice que Marco Antonio se ha quedado dormido para siempre, y eso no lo creo posible. En vez de quedarse dormido, el poeta ha despertado del sueño que es la vida a la inmensa y permanente vigilia que nos espera en los cielos. Levanto los ojos y entiendo para qué sirve la poesía y veo cómo marcha hacia la luz Marco Antonio y cómo se lo lleva el viento, corazón tendido contra la corriente.
HÁGASE LA JUSTICIA
Y dijo el hombre: ¡Hágase la justicia
y la justicia fue hecha!;
y vio que era tan buena como el día;
era el octavo día de la tierra.
Y que se diera lo justo al pobre,
lo medido al rico;
que la choza quedara en el paisaje
y el castillo bajara su puente levadizo.
Habían transcurrido las edades
de la espora a la ameba y a los simios;
y el hombre vio que era su obra buena,
y descansó, después que la bendijo.
Desde entonces pasaron los camellos
por los ojos de todas las agujas
y los ricos en tropel en el reino de los cielos.
Y sucedió a la hambruna la abundancia,
y siguió a la sequía la cosecha;
y dijo el hombre: ¡Hágase la justicia!
Y la justicia fue hecha.
(Extraídos de “Poemas del ayer lejano” 1940)
DOS MADRES EN MI RECUERDO
Dos madres en mi recuerdo,
como dos gotas de agua;
con un solo y firme acento:
el amor que no se acaba.
Dos expresiones atentas,
dos entrañas animadas,
dos perfiles en alerta,
tan cerca que se tocaban.
Berta y Teodosia, las dos,
me parece que las viera
trajinando con amor
sobre esta sufrida tierra.
Ceñidas a sus costumbres,
cada cual a su manera,
estas dos mujeres madres
se van, pero no se dejan.
Berta en sus manos tenía
un no sé qué de hechicera,
dándole forma a capricho
a los organdís y sedas.
Con un toque de elegancia
las flores que concibiera,
como por encantamiento
brotaban de sus tijeras.
y Teodosia en el taller
de su casa era la dueña
con un brillo que envidiara
la más rutilante estrella.
Del interior de su pecho
le nacía una azucena
tan blanca, que iba dejando
por donde pasaba, estela.
Estas almas estuvieron
con sus auroras abiertas,
con sus brazos que eran almas
y sus corazones, puertas.
Les entrego lo que tengo:
mi pobre voz inserena,
el recodo de mis ansias,
mis arterias y mis venas.
Nos habremos de encontrar
algún día en el que muera
la luz que entibia los ojos
de nuestra inútil materia.
Ese día, no lejano
nos miraremos de cerca,
y nos daremos la mano
como si todo volviera.
(Extraído del libro del Dr. Luzmán Salas S. “Marco Antonio Corcuera: Presencia en la poesía peruana”)
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