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Opinión » 4/mar/2010 » 3 vista
Si la población sale a las calles a reclamar por un pan, un mejor trato, contra la corrupción o exigiendo un mejor servicio, inmediatamente decenas de policías inician acciones para repeler a quienes osan reclamar sus derechos, en un Estado que se dice respetuoso de las libertades individuales y se ratifica en su posición de defensa de los Derechos Humanos.
Claro está, sin contar con los agentes de inteligencia que inician el seguimiento de los líderes de la protesta para ficharlos.
También con la fuerza y “brutalidad” policial se apaga la voz de quienes claman por agua sin mercurio, por una parcela de tierra donde sembrar, por el cumplimiento de promesas e igualdad.
A balazos y bombas atacaron a gente inocente que pedía no maltraten los bosques donde dormían los Apus, en Bagua. ¿De veras, en qué habrá quedado ese espinoso tema que puyaba a muchos?
Pero volviendo al tema central, ahora son ellos, los efectivos policiales, los que piden más dinero, mejoras laborares, respeto a sus derechos, atención médica eficiente, ahora son ellos quienes piden se les atiendan sus demandas en los ministerios.
Ahora son ellos, los que deberían recibir, digo yo, un par de palazos a ver si les duele, a ver si les gusta, a ver si experimentan la desesperación de quienes no tiene nada, y sólo reciben golpes como respuesta a sus reclamos.
Los policías ya no pueden callar más que “ciertos oficiales”, son los que viven a cuerpo de rey, a costa del trabajo y la miseria de cientos de suboficiales.
En estos momentos a los policías que han protestado los han recluido. El sindicato de policías es una entidad reconocida por ley, sin embargo, son los oficiales de la propia policía los primeros interesados en desaparecer.
Es cosa sabida, que los oficiales gozan de privilegios que otros profesionales desearían. Gozan de ciertas licencias, mientras que los suboficiales soportan las humillaciones y el abuso de quienes ostentan los laureles en la gorra.
Esta lucha interna en la policía es un cáncer social que data de muchos años atrás. Seamos sinceros, muchos policías han vivido con la boca bien cerrada porque de lo contrario pierden su trabajo, su seguro, su forma de vida.
En la población hay resentimiento contra la policía, hay un resentimiento que no es de ahora, ni de ayer, sino de muchos años. Un resentimiento por las coimas que cobran en cada garita de control, en cada operativo, en cada acción policial, en cada “servicio”.
El Estado ha logrado poner en sentido opuesto la posición de la sociedad y de la policía. Ahora son posiciones antagónicas, lo cual no debería ser, pues la policía, por propia definición, es el pueblo hecho ley.
Por Ramiro Sánchez
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