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Hace algunas semanas murió mi madre. Tenía 82 años, se llamaba Teresa Josefa Jiménez Chininín, había nacido en los Andes septentrionales y era la multípara más orgullosa de Paita. Trajo al mundo 17 hijos, vio crecer a 44 nietos y 13 bisnietos.

Apenas si terminó el tercero de primaria, pero de vez en vez arremetía con sonetos del Siglo de Oro español y selectas lecturas de los clásicos griegos. Conocía de memoria extensos párrafos de El mundo es ancho y ajeno, Los ríos profundos y Matalaché.

Cierto verano en los 90, regresé a Paita después de una prolongada ausencia y llevé un casete de Mercedes Sosa, que incluía ese bello himno a la inmortalidad poética llamado Alfonsina y el mar. Cual quinceañera revoleteó por la casa y repetimos decenas de veces el dichoso canto. Era fiel devota de Alfonsina Storni, la mítica poetisa que bregó contra mil adversidades. También gustaba de los cantores populares como Isidoro “el Cholo” Berrocal y Carmencita Lara.

Imposible borrar de mi mente su encorvada figura ante las gruesas tinas de madera lavando rumas de ropa de su vasta prole. También fregaba pantalones y vestidos de encopetadas familias porteñas, por lo que recibía algunas monedas que servían para equilibrar el magro presupuesto familiar.

Ahora, cada vez que sorteo el tráfago citadino y me asalta su hondo recuerdo, repaso sus grandes lecciones de vida, los gratos momentos a su lado y un feliz descubrimiento literario que marcó mi vida.

En reiteradas ocasiones le había dicho que no quería saber nada con la mecánica, el humilde oficio que practicó mi octogenario padre.

Una vez, llegó alborozada a nuestra morada. Así habló: “Ya sé que vas a estudiar Literatura en San Marcos”, y me alcanzó un viejo libro de gruesa pasta. Era El extranjero, la notable novela del escritor y periodista francés Albert Camus, Premio Nobel de Literatura 1957. Por supuesto que nunca estudié literatura ni logré pasar la extenuante valla del examen de ingreso a la Decana de América.

Arrellanada en la añosa poltrona de mis abuelos, con la brisa marina golpeando su faz, leyó los primeros párrafos del libro: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.’ Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”. Quedamos petrificados, quizá espoleados por el sino trágico de la separación eterna. Fue la primera vez que tuve plena conciencia de que algún día, mi madre se iría de mi lado.

Leímos la tarde entera el exquisito texto, mientras los cormoranes se dirigían en bullicioso vuelo a los algarrobos de la empedrada plaza de Armas porteña. De la radiola brotaban notas del famoso clarinetista de jazz Benny Goodman.

“Cuando muera quiero que leas El extranjero en mi tumba”, musitó, y yo respondí: “Vas a vivir 100 años, ma”. En el fondo, nunca quise renunciar a la idea de que ella pasaría sin tropiezos la centuria. Los últimos 20 años vivimos separados, pero hablábamos casi todos los días gracias a la magia de Bell. Yo viajo a Paita casi seguido. Justo en una de aquellas visitas la observé decaída y afligida. Un raro frío agredió mi alma.

Este será el primer segundo domingo de mayo que lo pasaré sin ella. No sé cómo reaccionaré cuando llame a la casa familiar y al otro lado de la línea solo responda mi padre con sus frases quejumbrosas: “Desde que ella se fue… tengo una pena en el alma, hijo”. Ahora entiendo el existencialismo de Meursault, atribulado personaje de El extranjero, que perdió a su madre y cuyo relató leímos juntos una tarde fresca de abril. Este domingo volveré a leer aquel libro inolvidable y ella estará presente.

Por Marcelino Aparicio. Periodista

Publicado el 8 - may - 2012

Categoria: Opinión