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Opinión » 19/oct/2009 » 4 vista
Todos saben que una imagen vale –siempre– más que mil palabras, pero los periodistas mejor que nadie. Por ello, la difusión en Prensa Libre primero, y en la portada de este diario al día siguiente, de las fotografías de Alberto Fujimori paseando como ‘chino suelto en pampa’, fuera de su celda pero dentro de la Diroes, constituye una de esas primicias ineludibles, irresistibles y obligadas.
La baja calidad de las borrosas fotografías –quizá por haber sido tomadas con el celular barato de un policía indiscreto– se compensa con creces por la posibilidad de observar a Fujimori paseando por la Diroes pero no con terno en la sala judicial instalada en esa base PNP sino con un curioso atuendo maoísta.
Las fotos permiten concluir que Fujimori estaba a unos 200 metros fuera de su celda, cerca de la zona de los hornos para incinerar la droga incautada. Cuando se habla de ‘celda’ hay que hacer una precisión indispensable pues, como todos saben, estamos hablando de un cómodo departamento con ambientes separados y –como detalló un interesante croquis publicado ayer en La República– hasta zona especial para visitas VIP, incluyendo los de los parlamentarios fujimoristas que pueden acudir ahí prácticamente a la hora que les da la gana.
Ya se han hecho los típicos anuncios de ocasión de investigaciones que, como todos saben, no llegarán a nada pero que, además, confirmarían lo obvio: que la prisión de Fujimori tiene condiciones privilegiadas en relación a cualquier preso.
Para empezar, las fotografías no lo muestran en el Óvalo Gutiérrez a las 2 a.m. saliendo del Friday’s. El juez dirá si el privilegio de pasear por la Diroes es indebido, pero la verdad es que Fujimori no es cualquier preso pues su caso reviste implicancias bastante especiales por su condición de ex presidente.
Con la vigilancia debida, Fujimori debiera poder pasear por la Diroes. Una condena de cárcel solo implica la pérdida de la libertad pero no debe significar, para nadie, tortura, azotes o el internamiento en una mazmorra. La situación desastrosa de los penales peruanos, incluyendo el hacinamiento, los convierte en lugares tenebrosos, pero a nadie se le ocurriría, por ejemplo, disponer que Fujimori cumpla condena en alguno de los pasadizos del ‘jirón de la unión’ del penal de Lurigancho.
Lo peor que le podría ocurrir al sistema político peruano es que a Fujimori se le perciba como víctima de una venganza. Él fue juzgado y condenado en el marco de un debido proceso que fue impecable. Esa es la fotografía histórica más importante y nada debe volverla borrosa. Que pasee nomás. Justicia, no venganza.
Por: Augusto Álvarez Rodrich
© Panoramacajamarquino.