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Los dientes del dragón

Publicado el 26 de octubre de 2009 a las 3:50 am | Comenta

Hace unos días escuché en el programa de Jorge Bruce, en Radio Capital, un interesante debate sobre la ley que eliminó los beneficios penitenciarios a los condenados por terrorismo, y que me recordó un encuentro fortuito que tuve hace un tiempo y que explica por qué creo que esa no ha sido una buena decisión.

Ocurrió en el último verano al tomar un taxi de Pueblo Libre a San Isidro. Apenas me senté en el asiento trasero vi, sobre el tablero delantero, dos libros que me llamaron la atención por no ser la lectura frecuente en estos vehículos. Uno era de un novelista peruano que vive en el exterior y de quien he leído un par de libros muy buenos. El otro era Los dientes del dragón del padre Hubert Lanssiers, que fue el que me hizo intuir lo que motivó mi pregunta al chofer: ¿Has leído esos libros?

Al comienzo, el chofer lanzó evasivas con el fin de cambiar de tema, pero luego se fue soltando y me explicó que el libro del novelista aún no había llegado al país pero que él lo tenía porque se lo había regalado el propio autor. “¿Y cómo así, lo conoces?”, le pregunté al ver que el libro estaba autografiado por el autor. “¿Y el del padre Lanssiers también lo has leído?”

“Mire, a usted lo conozco de RPP, le voy a decir la verdad porque creo que me va a entender”, me dijo y entonces me contó que era un maestro que se radicalizó políticamente, ingresó a Sendero Luminoso, participó en atentados y luego fue detenido, lo condenaron y estuvo varios años en prisión. Entonces tenía pocos meses de liberado tras cumplir su condena.

Narró, también, su visión del cambio que había tenido el país durante todo el tiempo en que estuvo preso, el cual veía con optimismo, y la transformación de su manera de pensar, un proceso en el que, me contó con emoción, había sido fundamental la orientación de vida que a él y sus compañeros les dio el padre Lanssiers. ¿Y el libro del novelista? Lo tenía porque se hicieron amigos cuando este fue al penal a dictar talleres de redacción.

Antes de despedirnos me contó lo difícil que es reengancharse en la sociedad después de estar preso por terrorismo, a pesar de lo cual me reiteró su firme voluntad de darle un nuevo rumbo a su vida y su profundo agradecimiento a los que –como el padre Lanssiers o el novelista– lo ayudaron tanto.

Las cárceles no deben ser lugares para acabar de hundir a la gente sino espacios humanitarios para que todos –absolutamente todos– tengan la oportunidad de reivindicarse, readaptarse y volver a salir adelante, y la sociedad no debe agotar ninguna posibilidad para facilitar ese proceso de recuperación de la dignidad humana.

Por Augusto Álvarez Rodrich

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