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El hambre es la necesidad de comer, según La Enciclopedia Salvat; y si esto es así, entonces, nadie en términos normales come por diversión o por entretenimiento; así como tampoco nadie decide si quiere o no comer; nadie decide si debe o no comer, pues el hambre es la necesidad de comer; o sea, la naturaleza humana es la que exige comer. En este sentido, es normal y natural que todos los seres que habitamos este planeta debemos necesariamente comer si queremos sobrevivir. Es curioso ver las formas como las distintas especies se agencian para conseguir su alimento. De hecho, algunas especies tiene hábitos relativamente más saludables que otras; pero aún subsisten formas salvajes de conseguir comida, como lo hacen los animales salvajes, que deben matar o destruir para tener qué comer, y dentro de estos animales salvajes encaja perfectamente el ser humano, en el sentido de que debe matar para subsistir.

Sin embargo, el ser humano se comporta de una manera inexplicablemente más salvaje, puesto que no existe ningún ser viviente sobre la faz de la tierra, que mate de hambre a los seres de su misma especie; que planificadamente domine a sus congéneres y les produzca la muerte por causa de quitarles su alimento. Claro, resulta un tanto burdo decirlo de esta manera, pero la verdad es la misma: Sólo el ser humano es capaz de matar de hambre al ser humano. Sólo este ser supuestamente racional, es capaz de organizar estructuras ideales como el estado, la política, las leyes, las doctrinas, las religiones etc. para matar de hambre a sus semejantes; y esto no es ningún acto de protesta ni de rebeldía, sino una sincera búsqueda de la verdad, con un claro ánimo de matar el mito, sin querer ofender a nadie, ni a nada.

Quienes quitan el pan a sus hermanos de especie, no con ello consiguen la felicidad, la tranquilidad, o lo que filosóficamente sea el ideal de la existencia; lo que logran es más bien exasperar esos ánimos de poder, ese desordenado empeño de tenerlo todo, que nunca lo podrán lograr, porque en sí mismo ello es una utopía; es en la mayoría de los casos una forma esquizoide de acumular riqueza y poder, ahondando su propio problema, por un lado; y matando de hambre a la gente, por el otro.

De esta manera, todos perdemos, y todos perpetuamos esta situación bajo supuestos políticos, intelectuales, religiosos o artísticos, que nunca nos dejan ver la luz. Los políticos justifican sus falsos modelos democráticos para seguir infringiendo el hambre en la población; aún bajo la forma de normas jurídicas de alto nivel como las normas constitucionales (v.gr. el derecho a una vida digna, el derecho a la salud), puras letras que pagan siglos de hambre y miseria de la gente, aunque se me pueda corregir este sencillo lenguaje con teorías y doctrinas audaces. Los intelectuales, por su parte, no hacen más que elaborar, justamente, teorías y doctrinas cada vez más perfectas, pero que hasta ahora no sé para qué sirven, que sabe Dios si tienen o no alguna aplicación en la realidad concreta, pero no aquella realidad que aparecen en los libros o artículos que leemos, sino aquella realidad social concreta que vemos en los mercados, en las calles, en aquellos lugares comunes, donde a algunos les apesta ir, por donde no quieren pasar muchos, por el prejuicio, por el qué dirán: hambre y miseria a la vista, de nuestros propios hermanos. Pero los más seglares o antiguos indiferentes tal vez sean los religiosos, quienes bajo el argumento de un Dios, de un más allá que nunca viene hacia acá, de un cielo que no sabe qué pasa en el suelo, esparcen su mentira por doquier, esgrimiendo lenitivos que son del paraíso, cuando lo que necesitamos son soluciones de la tierra, de este suelo que pisamos tú y yo, cualquiera sea nuestra condición social. Por su parte, los artistas justifican su ocio, y su arte por el arte, en actitudes y argumentos románticos y sublimes, justificaciones que se nos ha impuesto como buenas formas de vivir, como honestas y alturadas, cuando en realidad son formas de holgazanería, formas ociosas con las que se estafa a la sociedad; pues mientras quienes se creen superiores comen gratuitamente, mucha gente muere de hambre, mucha gente roba para comer, o mata para llevarse un pan a la boca, y para darse cuenta de esa realidad no es necesario ser especialista en ninguna ciencia social, basta con saber mirar un poco en las calles, con el corazón más que con los ojos. Y no me digas que eso es culpa de los políticos, que yo nada tengo que ver con eso. Creo que todos nosotros, absolutamente todos nosotros somos responsables de lo que pase en nuestra comunidad. Y el hambre, como el problema más grande de nuestro país, es responsabilidad de cada uno de nosotros. Nunca caigamos en las explicaciones facilistas y cómodas de decir que no es nuestra culpa. Nosotros que somos la gente no podemos caer en la mentira de los mentirosos, no podemos pelearnos entre hermanos, entre hermanos hambrientos, pues sólo quien ha pasado hambre puede hablar del hambre, sólo quien ha pasado hambre sabe qué es el hambre; y el hambre no es lo que dice una enciclopedia, o lo que escribe un jovencito en líneas pintorescas; señores: el hambre es una indigna y aberrante forma de retorcerse el estómago por falta de alimento y por causa de la pobreza. El hambre trastorna a la gente, trastorna la mente, trastorna los valores, trastorna la visión del mundo, configura el delito, resiente a la gente buena y ennegrece los corazones más nobles. El hambre es, en realidad, el peor error del género humano como ser social. Esa es la verdad del hambre, que sé que la completarás razonando con el corazón. Por ello, matemos el mito del hambre del que nos hablan los políticos, los curas o los intelectuales. El hambre no es un concepto, es un inefable sufrimiento. Matemos el hambre para que viva el hombre.

 

 

 

Publicado el 24 - Mar - 2011

Categoria: Miticidio