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El terrible terremoto ocurrido en la madrugada del sábado en el centro de Chile es una calamidad que produce consternación y tristeza, que se siente cercana, y que genera un sentimiento de profunda solidaridad.

Para empezar, porque parece una tragedia propia. El terremoto reciente de Haití produjo mucha pena pero la distancia peruana con ese país es larga y mucho mayor que la de los kilómetros que nos separan de esa isla.

Chile, en cambio, está acá nomás, a la vuelta de la esquina. Las señoras llorando en las calles de Concepción porque se le cayó la casa y, con ello, la ilusión, o porque esta noche sus hijos no tendrán qué comer, se parecen mucho a las que hace poco más de dos años lloraban en Pisco, Chincha e Ica en la noche terrible del 15 de agosto de 2007 y en los días siguientes.

Están, además, los miles de peruanos que viven en Chile, varios de los cuales son damnificados del terremoto del sábado. O los entrañables amigos chilenos que muchos peruanos tenemos, como en mi caso, que lo primero en que pensé apenas vi en la televisión la noticia y las imágenes del desastre fue en mi gran amiga la periodista Patricia Vildósola y en su familia.

Chile y su población se sienten en el Perú, por muchas razones, y más allá de cualquier rivalidad política o limítrofe, como un país cercano y, por eso, su tragedia duele como propia.

También, además, porque los peruanos sentimos que ese terremoto terrible de 8.8 grados pudo sucedernos a nosotros. Y ya sabemos, por lo que ocurrió hace poco en el sur chico, pero por lo que nos pasa siempre en cada desastre natural, lo mal preparados que estamos para enfrentarlo. Tanto para las labores de prevención como para manejar la emergencia y la reconstrucción que nunca llega a concretarse.

Lo confirman, por un lado, la tremenda ineptitud del Estado para manejar la tragedia de Pisco, el papelón vergonzoso de Forsur para ejecutar una reconstrucción que no llega, los negociados en la obra pública vinculada a este proceso, o el copamiento partidario en esos puestos públicos.

Por el otro, la incapacidad para invertir en proyectos de prevención, como lo revelan las alertas clamorosas ofrecidas ayer por el presidente del Instituto Geofísico Peruano, Ronald Woodman, quien dio cuenta del escaso interés del gobierno por estos asuntos y de los congresistas de la comisión de Defensa, a quienes estos problemas les interesan un pepino.

Termino con el sincero deseo de que los chilenos superen pronto la desesperación por su tragedia presente, y para que los peruanos tengamos autoridades responsables que realmente preparen al país para la tragedia que, sin duda, enfrentaremos un día y para la que es obvio que no estamos preparados.

Por Augusto Álvarez Rodrich

Publicado el 2 - mar - 2010

Categoria: Opinión

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