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Opinión » 5/mar/2010 » 14 vista
El 27 de agosto de 2009, el papa Benedicto XVI señaló en su encíclica Caritas en ventate, que la cuestión del medio ambiente está ligada al desarrollo humano: “La creación ha sido confiada por Dios a la responsabilidad del hombre. Si se respeta la ecología humana, se beneficia también la ecología ambiental”.
Trasladando estos conceptos a la América Latina, donde la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) precisa que 224 millones de personas sufren hambre y 98 millones padecen pobreza extrema, especialmente grupos de indios y negros por discriminación étnica, vemos que las palabras del Papa son un llamado a la conciencia.
Estas cifras tienden a crecer debido a los efectos del cambio climático, como resultado de la contaminación ambiental, afectando a los pueblos de menos recursos económicos.
Un ejemplo de ello es Porto Velho, Brasil, cuya población prácticamente muere de hambre a causa de la deforestación creciente.
La Pastoral Social de la Iglesia, que se formó en 1967 después del Concilio Vaticano II, sostiene que una de las tareas primordiales es crear conciencia entre los cristianos, pues el Evangelio promueve la caridad fraterna y de ayuda, impulsando proyectos de promoción humana y educando para la justicia y la participación responsable en la vida política.
Continuando con este compromiso, se afirma en el Documento de Puebla (1979): “No se trata de hacer cosas aisladas, sino de vivir la proyección social de la fe como parte integrante de la vida cristiana”.
“Quién no está conmigo está contra mí y quién no junta conmigo, desparrama” (Lucas: 11,25), es la cita bíblica que pareció animar a la encíclica Rerum Novarum (15 de mayo de 1891), proclamada por el papa León XIII en los inicios de una era que amenazaba convertir al hombre en una pieza más del adelanto tecnológico.
Otras encíclicas que definen la posición de la Iglesia en asuntos claves como estas, son Mater et Magistra (Juan XXXIII,15 de mayo de 1961), Pacem in Terris (11 abril de 1963); Populorum Progresso, del papa Paulo VI.
Estos documentos recogen dos palabras símbolo: desarrollo y progreso.
Ambas son soportes de la sociedad moderna que no debería excluir otras dos tan o más importantes: dignidad y libertad, como lo proclama la Declaración Universal de los Derechos Humanos y lo sustenta la Teología de la Liberación.
La tarea de la Iglesia –que somos todos como lo señala Puebla, subrayando también la importancia de la participación laical– es impostergable. Se trata de recuperar un poco ese “Paraíso Perdido” del que nos habla el poeta inglés John Milton.
Por: María Luz Crevoisier – Periodista
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