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Opinión » 26/may/2010 » 3 vista
Un incidente con mineros informales ecuatorianos hace pocas semanas y ahora este último malentendido en que campesinos cajamarquinos confundieron la actuación de una comisión bilateral demarcadora con una incursión inconsulta de soldados vecinos sirven para recordarnos que toda frontera está viva, a su manera. La de Ecuador-Perú pasó de las tensiones a las buenas relaciones en los años 90, y todo debería seguir así.
Pero con seres humanos, actividad económica, presencia militar y Estados de los dos lados, esporádicos roces son inevitables. Una cosa son las políticas exteriores, y otra las realidades cotidianas. Hay mucha colaboración, pero también frecuentes entredichos, pequeños choques que rara vez ameritan el interés de los medios.
En otras palabras, las buenas relaciones exigen una vigilancia permanente. Una frontera descuidada propicia las incursiones. Más todavía en tramos inhóspitos y distantes de zonas suficientemente densas para afirmar la presencia de un país, donde la frontera a menudo es más una convención bilateral que un hecho tangible.
Que se haya dado el malentendido no tiene en sí mismo verdadera importancia. Las fronteras hoy están determinadas por sistemas satelitales, inmunes a desplazamientos de marcadores sobre el terreno. Pero eso no cuenta para las relaciones entre las poblaciones de ambos lados, claro.
Si bien al escribirse esto los hechos todavía están en proceso de clarificación, la idea de que hayan sido militares ecuatorianos el instrumento de la comisión demarcadora levantará algunas cejas. Sobre todo porque sugiere una asimetría en términos de presencias nacionales, de la cual nada bueno resultaría a la larga.
Es cierto que los conflictos de 1981 (falsa Paquisha) y 1995 (cordillera del Cóndor) se dieron en un contexto de intensa animadversión ecuatoriana contra el Perú. Pero en ambos casos fue elemento importante el tema de la ubicación de algún punto de la frontera. No es, pues, un lugar donde convenga tener hitos movedizos.
La amistad con Ecuador da toda la impresión de ser firme. Pero echar carbón a las relaciones internacionales de los gobiernos es un recurso cada vez más socorrido de las oposiciones internas, y otros grupos de interés. Chile y Perú lo demuestran con claridad. No es impensable que Ecuador sea obligado a avanzar por ese camino.
En otro plano, el Perú haría bien en desarrollar lo más posible nuestro lado de esa frontera. El contraste entre la actividad del lado ecuatoriano de la línea y la situación de este lado es notorio en muchos tramos. Es cierto que buenas cercas hacen buenos vecinos. Pero también lo es que grandes desigualdades dificultan una buena convivencia.
Por Mirko Lauer
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