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Opinión » 6/mar/2010 » 3 vista
Una de las tareas principales de la práctica filosófica es la de invitar a la persona a reconciliarse con su propio discurso. Esta afirmación parecerá extraña a algunos, pero a la mayor parte de las personas que hablan no les gusta lo que dicen, mejor dicho, no lo soportan. «¡Cómo es posible !» replicarán los objetores, «la mayoría de la gente habla, incluso hablan mucho».
Constatación innegable: no hay más que instalarse en un lugar público y oír el guirigay de las conversaciones para darse cuenta.
En efecto es verdad que la mayoría de las personas hablan, incluso se podría decir que se sienten obligadas a hablar. Como con una compulsión imparable, a la vez porque quieren decir, quieren expresarse, y porque no soportan el silencio. El silencio es sospechoso, pesa, ofrece una apariencia triste; hace falta tener una gran confianza con alguien para aceptar el silencio en su compañía, o tener una buena razón, sin la cual podría significar un cierto desinterés, una ruptura de diálogo, léase un conflicto.
Las personas hablan, en general hablan de cualquier cosa: del tiempo, de los acontecimientos, de los avatares de su vida privada, intercambiamos atenciones, lugares comunes, y cuando la conversación se embala, a veces nos hacemos confidencias íntimas, nos revelamos pequeños secretos, o compartimos un dolor más personal, inconfesable.
Sin embargo cuando la discusión se acalora por un desacuerdo una primera sospecha se impone a nuestro ánimo por lo que respecta al placer de «hablar». Los ánimos se encrespan, se calientan, se enfurecen, se enervan, se vuelven violentos o toman un cariz agrio. Si no estuviéramos tan habituados a ese tipo de viraje hacia la virulencia podríamos extrañarnos: «¡Oye, mira! están descubriendo una idea que les importa, un tema que al parecer les interesa, además, como no comparten opinión, pueden discutir… ¿Porqué ese desagrado o dolor con el que parecen vivir ese desacuerdo?» La sabiduría popular proclama que hay que evitar las discusiones que nos producen enfado (esto atañería a los temas importantes aquellos que nos apasionan) y que deberíamos atenernos a los intercambios formales, ciertamente menos apasionantes, pero también menos arriesgados.
Centrémonos en lo que podría amenazar a esa palabra temerosa. De manera muy juiciosa, los sofistas perfilan dos críticas contra el modo de Sócrates de discutir, o mejor dicho, de preguntar. La primera:«Me fuerzas a decir lo que no quiero decir». Ya que Sócrates, con su oído aguerrido, entiende lo que dice y lo que niega una frase u otra, y exige de su interlocutor una interrupción, una congelación de la imágen, para que rinda cuentas sobre esa frase, para que se dé cuenta de su frase.
Ese dar cuenta termina prácticamente siendo para él la definición de pensar, o de filosofar, ya que razonar es dar razón de algo. Invita pues a su interlocutor a encontrar la génesis, la arqueología, de su propósito, para tomar de él el sentido y la realidad. Pero no se trata de la génesis singular de la intención del locutor, sino la génesis del sentido, de la universalidad del término. Y sin embargo esta realidad, visible a través de las palabras, es frecuentemente olvidada o negada por el autor de las palabras, simplemente por que no está dispuesto a aceptar de ellas una realidad más allá de la intención específica que le empujaba a pronunciarlas.
Por Mercedes García
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