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Nuestra educación peruana está pasando por el peor de sus momentos, aunque ninguno de nosotros puede predecir que en el futuro será mejor o aún peor; y esto es una verdad que está en boca tanto en círculos de especialistas y profesionales, como en círculos de gente común y corriente. Es una silente verdad que clama a gritos por una ayuda que no quiere llegar. Somos mezquinos impenitentes que no queremos escuchar el clamor de nuestra educación. Solamente nos escudamos en justificaciones mediocres que esgrimimos sin mayores argumentos, como si así nos librásemos de nuestra responsabilidad. Así andamos, cual maniqueos y refractarios, frágiles aves de paso a quienes la historia sabrá juzgarnos con todo su rigor.

Uno de los factores que determinan nuestra crisis es sin lugar a dudas la actitud de todos nosotros frente a los estudiantes, y en especial, la actitud de los docentes. Lo común es ver a profesores que nunca confían en sus pupilos, pues siempre los están tachando de brutos y haraganes. Si has escuchado alguna vez del efecto pigmaleón, recordaremos que cuando se deposita toda la confianza en un muchacho se lo construye, no sólo intelectualmente, sino (y sobretodo) emocionalmente. El pupilo empieza a tener autoestima y a confiar en sí mismo, de tal manera que el desarrollo integral de su personalidad, obtiene frutos que nuestra mente corta a veces cree que no es posible. Y ahí está justamente el mito: Nos han hecho creer siempre, que tenemos una mente limitada; que no podemos ser grandes, porque hemos nacido en determinados lugares; que sólo pueden ser superados quienes han nacido en ciertas ciudades y en ciertas cunas.

Caro mito que aún pagamos incluso muchas veces sin darnos cuenta. Lacra mental de nuestro inconsciente colectivo que sigue lesionando nuestras almas y nuestros corazones. Bien dice el dicho, cría bien al niño para que no tengas que castigar al hombre. Y esta es una gran verdad: la mala educación es una de las principales causas de la delincuencia. Y la causa fundamental de la falta de educación es la pobreza. Así como la pereza es madre de todos los vicios, la pobreza es madre de todas las perezas.

Si nuestros papás no hicieron nada al respecto fue porque tal vez no lo supieron. Si nosotros no hacemos algo será porque no queremos, porque hemos acumulado mucho miedo o mucha desidia. Pero no matemos en nuestros niños la ilusión, la esperanza de un mundo mejor. No seamos la desesperanza de nuestro porvenir. Porque si hay alguna esperanza ésa está en nuestros infantes y en nuestros niños, pero muy difícilmente en nosotros. Confiemos en ellos, pero sobre todo hagamos que ellos confíen en ellos mismos. No les digamos haraganes ni brutos, demostrando que mucho de ello tenemos. Acabemos con el mito, y ganemos la confianza de quienes son nuestra promesa de vida.

 

 

Publicado el 7 - Abr - 2011

Categoria: Miticidio