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Opinión » 28/ago/2010 » 3 vista
¿Qué pensar del alcalde que ha llenado de ruidosas máquinas el distrito a semanas del tres de octubre? Ellas son la prueba de que realiza las obras que prometió. Para el que desea reelegirse se trata de una oportuna vitrina, que da ventaja sobre los competidores. Para el que no, es una manera de que ni un sol del presupuesto quede sin ejecutar.
En algunos barrios la andanada puede ser contraproducente. Los memoriosos o malpensados pueden preguntarse por qué esos trabajos han tenido que esperar hasta el último momento. Además hay lugares en que la suma de máquinas de construir edificios y máquinas de arreglar pistas y veredas ha embotellado la circulación como nunca antes.
Además hay obras y obras. Los grandes proyectos siempre son los más incómodos para el público, pues comprometen vastas áreas y tiempos relativamente largos. Pero uno puede pensar que luego quedará algo que solucionará el problema de manera permanente. En esos casos cabe resignarse a sufrir hoy para disfrutar mañana.
Luego hay la pequeña obra que pertenece a una secuencia histórica de destrucciones y reparaciones que no parece tener fin. Nada irrita más al vecino que ver destripar una calle que ya había sido destripada pocos meses antes, en una suerte de arqueología de la imprevisión. Estas son obras que más bien le cuestan votos al alcalde.
Por último están las obras ya realizadas a lo largo de uno o dos periodos de gobierno edil, y que probablemente son las más valiosas. A estas corresponden las historias de reelecciones casi eternas en algunos distritos o provincias del país. Suelen ser alcaldes que han logrado redibujar el rostro de su comunidad.
En Lima un buen número de alcaldes reeleccionistas va puntero o en una ubicación expectante. Claro, un alcalde tiene algo que mostrar, aunque sea la dudosa virtud del malo conocido, mientras que los demás sólo pueden hacer críticas u ofertas. Las máquinas están allí para terminar de aplastar a los rivales.
¿Qué es lo que derroca electoralmente a un alcalde? Lo más frecuente es una mala lectura de la realidad, es decir no haber podido captar con claridad los sentimientos de la comunidad. Pero están también los vuelcos políticos, cuando el electorado engancha con ideas nuevas y está dispuesto a jugarse un huachito por verlas en acción.
Mientras tanto circulamos por los atolladeros sin estar muy seguros de si ese paisaje de la destrucción es síntoma de una nueva prosperidad, de un dispendio alocado de última hora, o de un renacer administrativo en los municipios. Al cartelito “Gracias por dejarnos trabajar” podríamos enfrentarle uno de “Gracias por dejarnos circular”.
Mirko Lauer
© Panoramacajamarquino.