«
»
Opinión » 2/mar/2010 » 3 vista
Los profesores que laboran en las instituciones educativas privadas son explotados, humillados y desechados a gusto y placer de los todopoderosos promotores.
Los colegios privados son el mejor ejemplo de que el Estado Peruano está podrido y le importa poco si tratan bien o mal a los profesores, si los alumnos aprenden o dejan de hacerlo, si hay avance en aprendizajes significativos, si los métodos y las estructuras currículares están acordes con la política nacional y sus objetivos.
Recuerdo cuando inicie mi carrera como docente en un colegio del cual quiero olvidar su feo nombre. Era un colegio feo de forma y fondo, era un remedo de colegio, era un adefesio. Esa es la palabra correcta.
No puedo olvidar que trabajaba por dos soles la hora, y que al fin de mes, a pesar de tener toda mi carga horaria completa, no pasaba de los trescientos soles al mes. Para ser exacto cobraba doscientos noventa soles, en promedio. Claro, si no se le ocurría al buen animal del director o los socios del colegio hacer una parrillada de perro o una rifa de un gato seco.
Poco menos de trescientos soles que me permitían pagar mis gastos, pagar el agua y la luz en la casa de mi madre, ir al cine solo, y comprar un par de chicles por ahí, claro, mí único lujo era comer un cuarto de pollo a la brasa. No alcanzaba para más.
Recuerdo que le tenía que pedir prestado (una propina para ser exactos) a mi tío si deseaba salir con la enamorada de paseo.
Por suerte tenía una buena biblioteca, y buenos textos que me permitían laborar sin problemas, obtener buena información y saber desarrollar mis contenidos sin problema alguno. El problema era el pago, un pago que daba risa. Pero ser un vago, la verdad no iba conmigo.
Al cabo de cuatro años de labor docente, terminé estresado y cansado de preparar clases por dos soles por hora, y un buen día terminé vendiendo planchas de papel higiénico a bordo de una bicicleta.
A veces vendía jugos envasados, pura vitamina, puro jugo de fruta, puro floro para que la gente compre unos jugos que sólo causaban diarrea. Pero, en una hora de venta ganaba entre ocho a diez soles y, al mes ganaba lo que no ganaba en tres meses como profesional.
Cosas de la vida, de saber que mejor mi iba de comerciante, en lugar de estudiar hubiese ahorrado mi dinero para armar mi capital, a estas alturas, quien quita, ya tuviera un Volskwagen viejo y sería ya distribuidor, aunque sea de toallas higiénicas
Por Ramiro Sánchez
© Panoramacajamarquino.