Cada treinta de diciembre…
Mes de diciembre de 1976. El universo de mi vientre, casi completaba su crecimiento de nueve lunas. Era pequeño, de tal manera que no tenía problemas para ir a mi trabajo camino a Otuzco Alto, donde trabajé como profesora rural de inicial, por más de los 20 años de trabajo docente, tiempo suficiente para quererlos como mi familia. Cuando hallo a mis alumnitos casados y con hijos, les digo cuántos nietos tengo? Cariño entrañable que se generó entre ellos, sus padres, la comunidad, los paisajes bellísimos, el patrimonio cultural que abunda en la zona y yo. Otuzco, Ventanillas es mi patria pequeñita, me enseñó la reciprocidad andina, relación que no da, ni recibe, sino comparte, un ida y vuelta en un hacer precioso de afecto y encuentro. Bueno pues regresaba de mi trabajo en el Jardín “Juan Bulllita”, cuando a eso de las 2 de la tarde, comenzaron esos vítores del vientre cuando anuncia la llegada del primer hijo. Vítores desconocidos para las mujeres que por primera vez vamos a reventar el vientre en el aliento más sublime de la luz, el grito primigenio del niño que quiere alumbrar por siempre el camino de la madre. Entonces, ese tremendo dolor que vibra en las entrañas, se convierte en el triunfo de la vida, Ese nuevo ser clama esperanzado poner sus piececitos en el mundo maravillosos de la existencia. Desde niña había atesorado ese momento, ese día, ese preciso segundo en que se abren las vértebras del alma y das, un niño hermoso entona el grito de alegría, ver el sol en los pulmones de su risa. No hay satisfacción más grande ver salir de las entrañas al hombrecito que irá creciendo en la voluntad de las estaciones sucesivas. Armar la conjugación de la sangre, los huesos, los músculos, los sistemas, los aparatos, los órganos, las funciones, los pensamientos, los afectos y las manos colaboradoras en la inmensidad maravillosa del universo. Había nacido mi primer hijo y con su nacer comenzaba a cumplirse el sueño de tener a mis tres hijos. Nunca me casé y los amores que tuve me fueron dejando breve, breve. Jamás pude retener amores, amistades, afectos. Soy un ser solitario, brumoso, sin mayor atractivo, ni presencia, un ser que se olvida al toque. No me importa ya, ser como soy y agradezco a ese Dios que está en todas partes, la gracia de haber concebido tres hijos que son el sol que sale cada día para mí. Caminos por los que ando maravillada, reconociendo mis entrañas en sus pasos, en sus noches y en sus días. Augusto nació un día como hoy hacen 33 años exactos y por eso lo celebro, porque me das alegría cuando te miro, cuando te pienso, cuando te siento. Porque te admiro, valoro los esfuerzos y la generosidad de tu corazón por ser bueno, aunque no lo sepa decir como a ti te gustaría que lo diga. GRACIAS por ser ese hombre de bien a pesar de mis caídas. Estoy orgullosa de ti, como lo está la planta de tuna, llena de espinas y abrojos. Quedan atrás abrojos y espinas, cuando florece el fruto más dulce y querido. 33 años, es una edad especial creo yo. Una edad en que se equilibran los ires y venires de la vida. Una edad en la que nuestro más grande Líder, comenzó su vida pública y, a mi modo de ver, marca un hito importante en el crecimiento de los jóvenes, para comprometerse con su sociedad, con su historia, con el destino del existir. Es una edad plena donde el cuerpo se yergue hermosamente, fluye el pensamiento claro, sabiendo lo que se quiere pensar, sintiendo lo que se quiere sentir, haciendo lo que se quiere hacer. Cuatro curvas perfectas el número 33, equilibrio en la balanza, cuatro afluentes de un río que se hace grande, misterioso y extraordinario. Las aguas fluyen libremente, se hallan, para verter generosamente en mi corazón de madre contradictoria, renegona, imperfecta, delirante, obsesiva y entonces no me queda más que pedir perdón por mi escasa risa, por mis locuras, por mis ausencias, por no haber sido la madre perfecta que todos los niños quieren por madre. Sólo me salva el haberlos deseado desde que nací, el amarlos con todos los sueños más lindos y el de persistir en la vida por vosotros. El mirar, a pesar de todo, a la vida, como hermosa y tierna. Augusto hijito de mi corazón sé que no soy la madre que debiera ser, pero doy gracias a la vida, al mundo, a Dios, a tu padre el que hayan hecho posible que mis entrañas te acunaran casi nueve meses para nacer un día 30 de diciembre como hoy y, que ese nacimiento me hace feliz en este mi otoño imparable.
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