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Opinión » 21/jun/2010 » 4 vista
Los comentarios al Metropolitano son un coctel variado. Hay las críticas a aspectos puntuales, seguramente muchas de ellas útiles, puesto que para eso son los periodos de prueba. Hay las críticas puntillosas, que más parecen la defensa del monopolio de la combi en el transporte. Hay la levantada noticiosa del detalle negativo, que busca convertir una obra pública en una tragedia nacional.
Que el Metropolitano le traería reacciones problemáticas a Luis Castañeda era previsible. Su predecesor el Transantiago sufrió numerosas críticas y afectó la popularidad de Michelle Bachelet. Las quejas eran clásicas: demoró mucho, los buses articulados eran muy grandes, la tarifa muy alta, los viajeros de pie iban incómodos, y así sucesivamente. Aunque pasada la crisis, ya en el 2009 la aprobación al sistema era de 64%.
En estos casos la primera actitud del público no es la gratitud por un nuevo servicio, sino el reclamo por un servicio que no alcanza las expectativas de los usuarios y contribuyentes. Casi no hay registro de una nueva obra que no produzca reclamos, y eso es parte del costo de los cambios. Además para los opositores políticos una obra nueva también es un flanco nuevo para el ataque. Todas reacciones conocidas.
En este caso estamos además ante una de las obras emblemáticas de un tácito precandidato que va puntero en la carrera presidencial. Si bien todavía muy pocos usan los buses, hay en diversos medios una evidente carrera por establecer una corriente de rechazo antelado en la opinión pública. Aunque Solidaridad Nacional no presenta candidato al municipio, está de por medio la votación de octubre.
Se ha establecido la idea de que los ataques a Castañeda son un intento de demoler su candidatura en beneficio de la de Alejandro Toledo. Pero no es tan seguro que una caída de Castañeda automáticamente le transvase votos a Toledo. El ex presidente está en una baja intención de voto por derecho propio, no necesariamente porque el alcalde le esté quitando votación. Los votos de Castañeda pueden tener otros destinos.
No es tan difícil imaginar una situación en que un Castañeda demolido baja y Toledo simplemente no sube, y una parte del voto castañedista se traslada a las urnas de Keiko Fujimori. No es el único escenario imaginable, pero en todos ellos apostar por un ex presidente de ínfima aprobación y un político con limitado seguimiento y muchos anticuerpos parece una carta riesgosa.
Más riesgosa todavía la carta Toledo si este avanza su ficha sobre la base de demoler a un candidato vecino: si Castañeda es demolible, entonces Toledo es demolible, una tarea que el Apra y otros emprenderán con todo gusto. Ventaja de relancina para Fujimori, una vez más. No descartemos que ese aparente toledismo se lance contra Lourdes Flores y beneficie a Alex Kouri en la recta final.
Mirko Lauer
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